Opinion

16.abr.2017 / 12:34 pm / Comentarios desactivados

Por regla general, toda forma de fascismo parte de un proceso de victimización previo. Y, de hecho, todo fascismo funciona de manera más efectiva cuando se justifica desde el sujeto que se hace pasar por víctima y actúa en “defensa propia”.

Así por ejemplo, Hitler justificó la persecución y exterminio de los judíos bajo el argumento de que éstos eran un peligro para la sociedad. El fascismo italiano hizo lo propio con los comunistas. Y la mitología del supremacismo blanco norteamericano que dio vida al Ku-Kux Klan está llena de historias sobre los peligros de todo tipo que representaban los negros.

El sionismo, en cuanto a doctrina del Estado de Israel, justifica todas las barbaridades que hacen contra los palestinos asegurando que éstos son una amenaza, ignorando, entre otras cosas, el hecho de que los judíos israelíes son ocupantes ilegales de un territorio que pertenece a los palestinos y de los cuales están siendo sistemáticamente expulsados.

Más cerca de nosotros, el paramilitarismo colombiano que descuartiza, nos es presentado como grupos de “autodefensas”. Y lo mismo pasó con las dictaduras y la generalización de la perversa práctica del desaparecido.

Hace unos días en Argentina, en una marcha en apoyo a Macri, se dejó leer un cartel que decía que los “desaparecidos bien desaparecidos están”, una idea planteada en más de una ocasión por los grupos de derecha y pro-dictadura, quienes argumentan que la guerra civil de exterminio aplicada, y que costó más de 30 mil vidas, se hizo en defensa de la patria y los santos valores occidentales, y en contra de la amenaza comunista.

Este proceso de victimización tiene dos caras. Por un lado, desde luego, la de hacerse pasar por víctima, lo cual puede ser desde una mentira flagrante hasta la exageración y/o manipulación de alguna situación específica. Mientras que la segunda, habitualmente más compleja, pasa por la estigmatización del supuesto victimario, de manera que mientras la “víctima” nos es presentada como alguien con humanidad cuya defensa es válida, el “victimario” suele ser deshumanizado como un salvaje, monstruo o algo peor que merece ser exterminado. Esto en parte es lo que explica porqué cuando un soldado israelí es atacado con una piedra por un niño palestino, automáticamente el sentido común mediatizado justifica la respuesta.

Y cuando esa respuesta es, por ejemplo, desaparecer un pueblo o volar de un bombazo una escuela, el mismo sentido común mediatizado se activa para hacerlo ver como algo “normal”, algo que tal vez pueda inquietarnos un poco pero que, en el fondo, los palestinos se merecen por más niños que sean.

Es esto lo que de manera muy hábil, el oposicionismo de derecha venezolano ha venido haciendo en el último tiempo. De tal suerte, tenemos el caso en que las víctimas mortales de violencia política durante los últimos 17 años han sido en su gran mayoría militantes del chavismo, pero como sobre éste se ha dirigido una violenta campaña de satanización, no solo tenemos que para algunos tales muertes son normales, sino incluso deseables.

Siendo el correlato de esto esa especie de patente de corso con la que cuentan ante la opinión pública mundial y una parte de la nacional, los militantes del oposicionismo para hacer y deshacer cualquier cosa con la excusa de que se están defendiendo”. Este mes de abril, se cumplen 15 años del golpe de Estado de 2002, acción que costó al país junto al sabotaje petrolero de ese mismo año, unos 30 mil millones de dólares en pérdidas directas, además de las indirectas y las víctimas mortales.

Y todo aquello fue motivado por este odio paranoico cuando apenas se estaba incubando. Esperemos que ahora, quince años después, el par de generaciones que han crecido bajo este mensaje no causen un desastre mayor a aquel y adicional, por cierto, al de la guerra económica que desataron.