Opinion

21.jun.2017 / 05:12 pm / Comentarios desactivados

Mi nombre es Rosa. Soy una madre soltera, como tantas otras, que trabaja en Educación. Vivo en uno de los tantos barrios de la ciudad de Mérida que resisten las dificultades económicas y el terrorismo en estos días más bien oscuros. Soy parte de ese pueblo venezolano que se resiste a dejar de soñar un mundo mejor. Y quiero ayudarte a imaginar una Mérida que, a pesar de todo, sigue prendiendo candelitas de esperanza, hasta en los barrios más humildes como el mío.

En mi vereda vivimos media docena de familias que conforman un ambiente multicultural con inmigrantes, adolescentes, niños e, incluso algunos animalitos que hacen vida en nuestro entorno. Hasta hace unos meses, apenas interactuábamos entre nosotros más allá de la cordialidad del saludo. Pero entonces, en momentos de dificultad colectiva, llegó la Misión Barrio Nuevo Barrio Tricolor a devolvernos el sueño de mejorar nuestras viviendas. Con las visitas de los ingenieros e ingenieras integrantes de la misión y la luchadora social Jenny Paredes (que se ha activado con nuestra vocería en el consejo comunal), comenzamos a reunirnos en la vereda para organizarnos y apoyarnos.

Cristian, mi vecino, con sólo 15 años está encargándose junto a su padre de las obras necesarias en su vivienda, dejando atrás su etapa de niño, al punto de llegar a cambiar su playstation por cemento, y hasta se está organizando con el vecino español para la siembra agroecológica urbana en un rincón de la vereda. Es sólo uno de los ejemplos de los vecinos y vecinas que ahora nos juntamos para soñar y construir juntos un entorno mejor.

La nota triste de esta hermosa melodía la pone el sonido nocturno de los morteros, y los escombros (irónicamente sacados de las obras de reforma generadas por la misión) silvando al aire cuando son lanzados por una minoría de vecinos que gritan invitando a salir por los chavistas, observados con terror desde las ventanas por una mayoría silenciosa que rechaza la violencia independientemente de la ideología que la produzca. No obstante, esta organización comunitaria reciente, también ha servido para que acordemos poner un candado en la puerta de la vereda por las noches, ayudando así a garantizar la seguridad colectiva.

Estoy firmemente convencida de que, pase lo que pase, a mi hija Gaby, le estamos legando un mundo en el que siempre hay sitio para la esperanza, y le estamos mostrando cómo ser capaces de iluminar las candelitas revolucionarias que comienzan a dar brillo a un mundo nuevo que ya no cabía encerrado en nuestros corazones.

Rosa Maigua – Vecina de la Parroquia Milla (C.I:: 8.495.172