Opinion

14.sep.2017 / 07:23 pm / Comentarios desactivados

El 23 de mayo de 1813 Simón Bolívar llegó a Mérida. En esa ciudad duró dieciocho días con todas sus noches, hasta partir de sus cobijos un diez de junio. Allí, desde las alturas fue declarado con el más glorioso de los títulos: Libertador.

            Al salir anduvo dos leguas y llegó hasta el incipiente pueblito de Tabay. Desde allí pasó a Mucurubá y esa noche descansó en Mucuchíes. Su objetivo era coronar la ciudad de Trujillo, cosa que lograría días más tarde.

            Pero antes de levantar caminos se le acercaron dos oficiales de su ejército.  Eran los Mayores Vicente Campo Elías y Francisco Ponce. Ambos valientes soldados, inmediatamente se ponen a su disposición para nuevas travesías que darían más luchas y le entregan quinientos hombres. De esos, cuarenta y tres fueron nativos de Tabay y algunos de ellos vivieron en La Mucuy.

            Pero la guerra y el paso por Los Andes fue muy duro y aunque todos estos combatientes eran bregadores del terreno, solo con los años regresaron a sus hogares quince de ellos. Fueron las feroces luchas quienes los detuvieron.

            Se decía que el General Luis María Rivas Dávila vivía en los límites cercanos a La Mucuy. También en aquella entrega de hombres estaban el Capitán José del Espíritu Santos Marquina y los combatientes: Clemente Quintero, Domingo Monsalve, Rafael Monsalve, Justo León, José María Moreno, Gabriel Sulbarán, Eleuterio Moreno, Esteban Avendaño, Vicente Andrade, Juan María Maldonado, Vicente Lacruz, Antonio León, Tomás Maldonado, Atanacio Quintero, Juan José Maldonado, Juan de La Cruz Moreno, Domingo Avendaño, Antonio Monsalve, José Juan Moreno, Joaquín Rodríguez, José Ignacio Maldonado, José María Lobo, Dionisio Valero, Pedro Moreno, Victorino Moreno, Fermín Moreno, Pablo Monsalve, Francisco Monsalve, Victorino Quintero, Mateo Quintero, José de La Cruz Quintero, Vicente Quintero, Raimundo Castillo, Enrique Maldonado, Francisco Maldonado, Silvestre Maldonado, Patricio Hernández, Juan López. Tomás Zambrano, Miguel Uzcátegui y Juan de las Mercedes Maldonado. Con todos ellos y otros desconocidos se selló La Independencia.

            Pero siglos antes, más tarde en los predios de la misma Mucuy y muy cercano a Tabay se instalan tras constantes comentarios Phelipe de Lara Alcalde de la Hermandad. Vino a montar un Tribunal de la Inquisición que empezó castigando con azotes al aborigen Juan de la Paz, a quien dejó prendido en un cepo, acusado de hacer mohanerías (brujerías) falleció en esta cruel manera, pero su juicio se extendía y fue la misma causa por la cual también estaba presa Paula de Albornoz, quien tendría un desenlace mucho peor.

Para aquel siglo Paula era joven y atractiva, siendo acusada en una declaración de ser mohana. La asustada mujer se sometió a un injusto juicio determinándose que era culpable. La decisión fue que ardiera en la troja de una hoguera.

De este hecho gran responsabilidad el cura de la época quien tenía a una de sus hermanas muy enferma y los pobladores le indicaron que si no aprobaba la hoguera para Paula su hermana nunca sanaría. Ante tamaña advertencia, éste tuvo que acceder a infligir el terrible acto que acabó con la vida de aquella indefensa mujer.

Tiempo después trajeron al pueblo a un negro llamado Curasado y dándoles azotes a todos los indígenas del lugar les advirtieron: “habrá muerte, infierno, juicio o gloria a todos aquellos que hicieran aquellas prácticas, así que deberán escoger muy bien lo que quieren”.

Paula ya había sido llevada a la hoguera con la duda de quienes decidieron su condena. Aun cuando el alcalde emplazó a uno de los principales caciques, reclamándole el supuesto derecho que se le endilgaba al haber sometido a aquella mujer a pena tan terrible, no se consiguió que la defensa menguara la decisión tomada. Al estilo de anteriores suertes ya las cartas estuvieron echadas y hasta una cacica también había decidido el castigo en contra de aquella mujer que en cada oportunidad que podía apelaba por su vida, y aun cuando había logrado huir en un primer momento de aquel lugar buscando el resguardo del señor Alguacil Mayor del Santo Oficio quien asumía el cargo de alcalde, éste la entregó.

Paula luchó hasta el último momento por la defensa de su vida. Sólo cuando lo acopiado empezó a arder se resignó a morir no sin antes gritar su desacuerdo por la injusta decisión que cegó su juventud.

Pasaron otros tiempos y cuando ya la historia de Paula era un escaso murmullo sin concreciones la vida pasaba a los tiempos de unas mujeres con muy pocas palabras y muchos rezos, las cuales estaban para cuidar los hijos de ellas y los de las demás. En la casa de Papá llegaban todos, fuera de donde viniesen. Quienes tocaban no prestaban los cuatros. Los aprendices y soñadores agarraban un palo y hacían que aprendían.

            Todas curaban con ramas. A la mostaza molida le agregaban aguardientes y con trapitos de los cuales salían vapores colocados sobre espaldas curaban fuertes gripes. Aunque el trigo y el llantén más nunca volvieron a ser sembrados, eran las semillas del recuerdo.

            Seguro se cambió el trigo por la papa, pues esta última nacía más rápido. Cuando alguien moría se llevaba en hombros hasta la carretera. Recordando que los primeros llegados ya partían.

            Muchos se fueron hasta para el exterior. A otros les faltó valor para seguir calentando sus casas. La gente vivía con las vacas adentro de las habitaciones. Con una cabullita corta encerada les amarran las patas al pie de los cascos para que no patearan cuando les ordeñan. Eso se conoció como enrejar.

            Y colocando un envase de peltre grande parecido a una ponchera de vidrio se les enseñaba a los muchachos a ordeñar solo por el lado derecho de la vaca. Los muchachos tenían que enderezarse para poder hacer el trabajo. La neblina los acompañaba mientras los viejos eran los dueños de muchas historias ancestrales.

            El reino del frailejón, amigo de las piedras, vientos y los sueños de antepasados, todos llevan nombre de mujer, ánimo y espíritus de ellas. Esos son los dueños de esa planta llena de esperanzas.

            Muchas niñas crecidas en la naturaleza terminaron pareciéndose a ellas. Desde sus paciencias aprendieron a tallar a Bolívar, San Benito y San Isidro Labrador, ellas las más grandes, hechas desde unas manos antiguas, hacedoras, empeñadas, sanadoras y sobadoras eran capaces de corregir huesos descalzados, untados con aguamiel, jengibre y díctamo real.

            Cuidaban que todos comieran sobre todo de noche pues no era de buen augurio que alguien pudiese acostarse sin comer. Si esto llegara a suceder al día siguiente algo de mucho valor faltaría en la cocina, pero de lo contrario sobraría y la mesa conducida por las mujeres siempre estaría servida en casa.

            Luego vino Mariana Monsalve. Llegó a ser una viejita con la suerte de haber vivido en unos años donde los sueños eran dedicados a la Independencia. Cabalgó en una época cuando una mañana del 10 de junio de 1813, después de pasar los más grandes terremotos, encontró a Simón Bolívar tras su paso por Tabay, a solo escasos metros de la entrada hacia lo que ya algunos aborígenes llamaban el lugar de las aguas, La Mucuy.

            Mariana nunca había visto a aquel extraordinario hombre, pero al sentirlo exclamó: “Eres El Libertador, Dios te guarda”. Inmediatamente Bolívar descendió de su brioso jaco y en gesto de reverencia se quitó su sombrero y corteja a la viejecita.

            Miró sus arrugas y vio en ellas muchas marcas, quizás eran las de su madre, quien una vez había tenido la suerte de poderlo acompañar hasta la edad de los más inocentes pasos de su vida.

            Pero Mariana dijo: “Soy muy vieja para unirme a sus ejércitos, sería un estorbo, no tengo hijos ni esposo, pero toma, te entrego todas las prendas de oro que utilicé cuando joven y las cuales guardé cuando un ángel me habló de tu paso y así fue”.

            Sacó un pañuelo derruido más por el tiempo que por su uso en aquellos encapados días. Y sacando una busaca desde sus senos la cual pesaba varias libras dio sus joyas, brillantes anillos y cadenas grabadas con diminutas joyas traídas del Perú y Margarita, todas las obsequió a quienes no dudó en señalar como los inmigrantes de la gran causa bolivariana. A quienes desde 1700 lo que han hecho es caminar.

            Bolívar le exclamó: “Una libra de oro salvará los destinos de una patria huérfana la cual sin saberlo busca y no sabe que a pasos de sus casas están las Madres salvadoras de las más raras tristezas”.

            El Niño de Caracas siguió sus pasos hacia Mucurubá y de allí a Mucuchíes donde esa noche durmió para luego proseguir caminos hasta los sueños de una ciudad más lejana, un sitio que después fue conocido como el estado Trujillo.

            Algunos afirman que en lo más alto de La Mucuy aún quedan cinco casas muy antiguas y una de ellas fue visitada por El Libertador. También se comenta, en uno de esos sitios todavía permanecen guardadas muchas armas, espadas, cañones y mosquetes de aquella gran gesta la cual aún nos hace estar en revolución.

Al paso de inmensos días eternos nacía Estefanía, era dinámica, dicharachera y presta a ayudar a cuantas mujeres las cuales atendía hasta con sus hijos. Cuando se veía en apuros apelaba a sus creencias de fe; no era muy religiosa en el sentido extremo, pero lanzaba rezos contra las hemorragias sobre todo cuando parteaba a mujeres cuyos hijos las hicieron sufrir desde sus vientres. Estuvo en presencia de momentos preocupantes, su entereza y experiencia la ayudaban a salir airosa. Sus servicios los hacía a domicilio, quedándose pendiente hasta la evolución de la parturienta.

 Creyó en sahumerios y en quienes hacían de curanderos por su época; donde abundaron muchos de estos, no había médicos, aún eran escasos y no alcanzaban para atender a tantos pobres. Fue muy trabajadora, crió a sus hijos con regia disciplina y le metió una manita a toda la familia. Su madre ya había tenido doce hijos y muchos de sus hermanos saltaban naciendo sostenidos en sus brazos.

Tuvo una extensa clientela —por así decirlo— la cual no descansaba ni nunca la dejó reposar; aquellas familias de la época fueron muy numerosas, de manera que ella vivió para ayudar, hizo su choza y en su retiro se metió a constructora. Hacía casitas para vender o alquilar.

Tuvo siete hijos hechos a punta de trabajo; solo uno logró ser oficial de la Guardia llegando al grado de Mayor, destacado en la Escuela de Formación; ella decía que en Los Teques hubo un alzamiento y él fue salpicado, por lo que le dieron de baja; dos han muerto, sobreviven cinco; el menor tendrá unos 60, otros pasan de 70 añadas.

Siendo muchacha fue hecha para afrontar la vida y a punta de gubia se enfrentó al trabajo, en esa época no era prioridad para las familias pobres enviar sus hijos a estudiar, todo era responsabilidad para ayudarse unos con otros en casa y en el campo. Apenas con quince años ya buscaba trabajo, pero no conseguía por ningún lado; no era fácil, entonces fue donde un tal Don Emeterio que trabajaba haciendo hechizos, rezos y algunos ritos para sacar la pava o males echados como les decían, él insistía que los allegados habían sido víctimas de alguien envidioso o bien de alguna novia que practicaba brujerías. Ahí aprendió con aquel mayor los secretos hasta del más allá.

Y una mañana que no pasaba desde un ocupado mediodía se atrevió a partir María Concepción Polanco, matrona barloventeña nacida en 1897 quien se dio el lujo de ver con sus propios ojos  —como solía decir—  dos siglos de cambios; fueron décadas que también trajeron miserias, barbaries, prosperidad y algunos adelantos que a sus años no entendía,  pero sabía que buenos y malos se escalonan, porque con ellos estaba la independencia tecnológica, pero también la desunión familiar y la pérdida de valores.

Polanco escuchó a la vida por más de cien años, vivió entendida en perfección, pero sus nietos, bisnietos, y tataranietos ya no la oían ni miraban porque andaban encarcelados en esos aparaticos que los subyugan al punto de no sentir la verdad del anochecer, ni apreciar el canto de las aves cuando se echa la madrugada, menos hablar del primor de la mujer, porque las novias ahora se visitan por internet.

 Pero con una sonrisa dejó una inmensa alegría en sus labios que ya no mostraban una blanca dentadura porque fumó tabaco Cordobés, dicen que aún permanece por allí pues sus bocanadas se sienten. Recordaba que hasta escuchaba después de ir a misa la cadencia de los tambores de los Apóstolos, sonaban igual, haciéndole resonar nostalgias de una época que se atrevió a llamar juventud. Duró tan poco porque la vivió a plenitud, haciendo bases sólidas para cuando las nieves de los años poblaran su risada cabellera. Hoy, llegó el momento de descansar, dejando una estela de recuerdos para todos sus conocidos.

Vivió 116 años y de esos 112 rezaba cada mañana El Rosario, lo aprendió cuando apenas tenía cuatro añitos. Con ese crucifijo derruido por un siglo pidió que la enterraran. Algunos todavía ven su sombra en la sólida banca de madera donde reposó por más de una época, y descansaba mientras escuchaba el tictac de su viejo reloj de madera, impulsado a cuerda, sostenido en una gruesa pared; cada mañana y tarde lo miraba, mientras la camándula de nácar escurría de sus dedos. Todavía se siente su masa de maíz salida del molino agrupada en arepas que se soasaban de lado a lado y el café soltaba el único olor reconocido por una parida mañana.

            Otra historia recordó a las mecedoras de las viejas. Eran unas sillas gruesas y pulidas que se quedaban descansando en los rincones de las casas. Utilizadas por las matronas. Señoras incansables con manos tan limadas como los mangos de sus butacas.

            En La Mucuy uno de estos asientos en particular hizo historia. Era el de doña Evarista. Ella misma contaba que en uno de sus viajes a los pedregales eternos se la había traído al hombro desde el Páramo del Muerto. Un lugar que a pesar de lo lúgubre de su nombre era más bien apacible, cálido, entretenido y muy helado.

            Allí llegó a un refugio muy sonado, particular, pues solo algunas escogidas fueron los seleccionados para recibir los regalos de aquellos sitios. Varias contaban sobre un día cuando un hombre llegó, estaba barbado, era corpulento y pesaba en su andar. Dicen que cuando llegaba el refugio se encendía, quedaba alumbrado mientras su permanencia era sentida por todos esos sitios.

            Pero hubo un momento en que partió llevando al hombro una pesada mochila; adentro llevaba un inmenso reloj, era redondo y largo, todas sus partes brillaban, aquel indivisible mecanismo funcionaba dándosele cuerda. Parecía una máquina blindada con su cuerpo de bronce. Entonces el ermitaño al partir advirtió que el próximo regalo sería para una mujer que pasaría cien años cuyo nombre sería muy recordado, pues vendría en una yegua la cual fallecería por estos sitios y daría nacimiento al caballo azul.

            Y así fue, todo sucedió de esa manera, para cuando Sinforosa apareció por estas montañas el destino la llevó rumbo a aquel refugio y allí encontró su silla que después se hizo eterna.

            Hizo tal y cual como la historia estaba escrita. Sinforosa se llevó su andamiaje al hombro, lamentó la muerte de su animal, pero caminó y fue durante horas y kilómetros. Después del interminable tránsito por una carretera empedrada llegó hasta su casa. Allí en un puesto que ya tenía apartado dejó acomodada la inmensa y asombrosa dormilona. Desde entonces se mece y balancea con sus sueños los cuales va dejando en aquella modesta mecedora.

Todos partieron hasta la llegada de una historia dura representada por un hombre al que todos nombraban Félix, Félix… solo bastaba escuchar aquel desatinado nombre y el mismo era suficiente para salir corriendo derechitos a la pila de agua que se encontraba cerquita del tinajero.  Ese era el tío Félix, más bien en realidad se comportaba como un primo de la Mama de una señora llamada Dilsia, a la cual todos tenían como la suegra del pueblo. Unos por temor le decían tío y hasta el día de su lúgubre muerte lo tuvieron que mentar de esa manera por mucha aprensión.

            Ese bendito del Félix era terrible, malo, nadie podía con él, ni su Madre. Se sentaba en la puerta que daba al lintel de entrada y se comía todas, una a una, sus uñas. Perseguía a los niñitos que mandaban en pantuflas y pantaloncitos cortos para la Bodega Las Cuatro Milpas de Doña Eloísa.

            Algunos de ellos sucumbían ante su temor y no podían controlar sus miedos, dejaban caer la bolsita del mandado con las puyas, medios y lochas que se les zafaban de sus dedos inundados de sudor convertidas en resbaladizos aceites.

            Algunas mañanas amanecía furioso cuando su Mama Dilsia le daba unas tanganas con bejucos del temido árbol de las brujas El Maitín. Esas palizas eran parecidas a las que contaron de abuelas en abuelas cuando los cirineos agarraron al Nazareno.

            Entonces Félix corría furioso y cuanto muchacho se encontraba tras el trajinar de sus abarrancados pasos, pues era sencillo: la pagaría con el infortunado inocente. Y así fue creciendo, se hizo como dicen por ahí, hombre, pero no maduró su soberbia, cosa que lo embromó hasta el día de su muerte a la cual únicamente asistió el monaguillo y el sacristán, y eso por el compromiso de estos con Dios.

            Se dice que ha sido el único féretro que permaneció ocho días bajo unos gigantescos cópiales de aguas los cuales no descansaron. Gentes de pueblos cercanos llegaron a decir que eso también eran castigos de Dios en contra de la gente por sus decisiones tan duras las cuales comprometían a los demás.

            Y tuvo que bajar —uno por uno— toda la gente de La Mucuy y hacerle misa al pobre Félix para que le dieran sagrada sepultura. Todos tuvieron que agarrar barretones, canaletes y palas para enterrarlos o el agua los devoraría.

Desde su casa Barbarita la cual vivió en su mundo de juegos y pasaba su tiempo debajo de la mata de campanita, a veces acompañada de sus vecinitos que la visitaban para compartir la aventura del juego y las risas, vio el desenlace.

Barbarita siempre anduvo bajo la mirada cariñosa de su abuela Juana quien de cuando en cuando se asomaba para vigilar andanzas recorridas por los de ese grupito, iban al patio y se lo apoderaban para hacer de él un mundo infinito donde todo era posible pues la vida feliz avanzaba.

 Pero no siempre era así; muchas fueron las veces que solo podía conformarse con verlos a través de los barrotes de la vieja ventana, los ojos de Barbarita querían abarcar todo el espacio, deseaba correr juntos a ellos por caminos empedrados y volar papagayos en la Calle Aparición. Jugar al trompo, metras y a la pelota.

Juanita se sentía presa en aquellos postigos que, aunque eran un pequeño trozo de libertad también le hacía saber que más de allí no podía avanzar; eso la hizo adorar noches en que su mama no estaba cansada y salía; sentándose en la acera iba a conversar con las vecinas, eran momentos especiales con cuentos de miedos, historias fabulosas narradas por el gigante Pancho Villa de cuando él viajó en barco desde España a Venezuela.

Anduvo en las leyendas repasadas de su mente sobre una vieja cama que llegó a compartir con su Madre, pues un catre propio no tenía, miraba al techo y observaba la caña brava que se entretejía con el barro y nidos de telarañas que en ellas se hacían.

Sus manos acariciaban encaladas paredes frías, donde colgados estaban cuadros de vidrios redondos, abombados, enmarcados en negras viñetas con fotografías de abuelos, tíos y familiares ausentes. Mientras sobre el marco de la puerta aparecía el altarcito con la imagen de San Miguel Arcángel, la Mano Poderosa y la Virgen de Belén, todo junto a unas ramas de sábila y el frasquito de azafate protegiendo la habitación de los malos espíritus, que de vez en cuando deambulaban en medio de noches confusas en busca de almas atormentadas. De solo recordar esto Barbarita presurosa detenía el paseo visual y se arropaba hasta su cabeza.

            Por aquellos tiempos los padres buscaban a los padrinos de sus hijos, futuros compadres, cuando sus críos tenían apenas siete añitos. Todo debería suceder antes de los diez años, para cuando se daría su Primera Comunión.

            Aurora recuerda su Confirmación, cuándo hizo su Primera Comunión y el día en que se casó. En esos tres eventos muy importantes de su vida, siempre los padrinos fueron los mismos; Francisquito y la muy dura doña Elodia, a quien le gustaban todas las tradiciones y las celebraba así los santos fueran de otras partes y países. Cuando se enteraba de un santo nuevo anotaba sus nombres y los recordaba por sus fechas.

            Cuentan que doña Elodia gastó más dinero en la protección de sus santos y velas que en la crianza de sus dieciocho hijos. Compró más ropa y mandó a confeccionar tantos trajes que sus hijos no llegaron a estrenar tanto como los que hacía para sus fieles deudos.

            No tan solo los domingos iba a misa, sino que eso lo hizo por toda su vida y en cada nuevo año se preocupaba por buscar almanaques de hojitas diarias de esos que llevan a un ladito cada onomástico.

            Y la pobre ahijada Aurora cargó toda su vida con los miles de bendiciones de los Curas, comió miles de ostias y recibió sahumerios a diario con góticas de aguas benditas. No llegó a ser Monja porque no fue directamente a un convento, pero los Hábitos desde su corazón y la fe los poseía, o quizás como decía; “ellos me tenían”.

            Dicen que se casó no muy convencida, pero sí decidida a parir, pues solo así pudo descansar de su triple madrina Elodia. Claro, Francisquito era otra cosa, siempre quiso que sus amparados fueran hombres, pero su rígida esposa no lo permitía. Entonces se dedicó a enseñarle a Aurorita —como él la mentaba— todos los oficios de los hombres y llegó casi hasta las mañas de no ser por los paraos de su expectante mujer.

            Aurorita aprendió a remontar suelas durísimas que tuvo que cortar hasta para remendar zapatos. Cazaba y salaba las carnes. Estudió todos los pasos, guías, fórmulas y cuestionarios de la Administración, pero no se graduó de eso, solo que Francisquito era Administrador y a ella la enseñó como su ayudante.

            Ella fue testigo cuando Madres y matronas aparecieron con el salir de Doña Alcira Lacruz, ella nació en el mes de la Cruz de Mayo del año 1911. Aún con más de cien años es madre de tres muditas que se sienten como un trío de chicharras capaces de comunicarse con las fuerzas de sus ojos saltones. Habitan la casa del silencio.

            Al pasar entre sus miradas te envían bendiciones taciturnas; van sentadas desde su banco que es más débil que sus años. Pero el cedro es duro, sobre todo cuando es traído desde la crecida de los ríos.

            Ingresa taciturna y se recuesta hacia el lado de la sala. Observa sus cuadros; allí están los recuerdos de ansias, cuando los cantadores de manos asustadas le componían sus primeras briosas tonadas.

            Solo ella ha tenido la dicha de ver nacer a todos los que llegaron tomados desde los dedos de parturientas audaces en su Mucuy, sitio adoptado del que nunca eligió salir. Pero también ha sido capaz de haber visto la república de las despedidas.

            Ha enfrentado crecidas, lluvias, temporales, incluso ha llegado a ver las dos lunas juntas, dicha solo concedida a un ser por siglo. Hacía sus tratos de día y con el ruido del campanario se encerraba entre sus maderas; nunca fue manifestante de apreciar los ejércitos de la oscuridad y salía hasta después de los cantíos de los tres gallos.

            Cargó fanegas, fardos, anduvo leguas a caballo, supo de quintales y juntó miles de arrobas para el alimento de sus hijas. Decían que esas sí eran medidas, no como las cuentas de ahora que más bien confundían a la gente y a fin de cuentas no podías comprar nada.

            Eran los cuentos de doña Alcira, quien sabe de secretos y nunca confundió el aroma y el sabor de las plantas. Para aprender todo eso tuvo que pasar y esperar mucho tiempo, cuando había gente buena de verdad. Era con el puntero capaz de nacer en macollas arrastradas por entre cascos capaces de sacar chispas en muchas piedras.

            Ahora descansa, sabe del río de las ánimas. Está enterada del cacho que no logra cargar agua y de los cantos de las aves tan cercanos a las coplas. Vivirá por muchos siglos más amparada por las fajas de las épocas que por sus remedios.

            Cuando Doña Elodia alumbró su casa con el tiempo. Cada día regresaba a su vivienda a querer comenzar de nuevo. Rebuscaba en los cajones donde guardaba sus fantasmas. Poseía relojes de madera que permanecieron enterrados y encerrados en los caminos de los viejos españoles, porque en los nuevos permanecían y habitaban el tiempo con sus ingratos recuerdos.

            Pero el regreso a su pueblo significó recoger pasos entre andaderas y la única mecedora que aún se batía había estado instalada bajo el fuego que le tocaba y hacía arder unos maderos retorcidos, recogidos en unas islas exiguamente dejadas de lado o más que arrinconadas, quizás desaparecidas.

            Elodia sumaba los años de su abuela, los de su Madre, más los suyos y todo esto le daba un solo total. Decía que todos los pedazos de su vida venían desde unos finales no tan difíciles y que su existencia arrancaba desde 1800 y que toda se desarrolló casi en un 1900.

            Esos eran los números enredados de doña Elodia. Sumisa y trasparente, poco dicharachera y medio observadora. Casi nunca tan dispuesta, pero menos negadora. En sus ratos libres andaba descalza, decía que eso ayudaba a las plantas de los pies a ser más sinceras con uno mismo y quien anduviera descalzo nunca se caería, pues mucho zapato lo que le enseñaba a uno era estrellarse a diario.

            Sus viajes eran fantásticos, quizás tan alegóricos como los cuentos de su cocina. Sabía a lo sumo dos recetas que se había aprendido al dedillo en su disimulada vida y las hacia día por medio. Las sabía tanto que tenía hasta la medida del gas.

            En una gran olla picaba la comida de su semana. Fue una vieja receta española que guardaba en los secretos de su abuela; no recordaba su nombre, pues la vieja se lo recortó porque decía algo de hambre y de guerra. Era la comunión de los tubérculos, aunque ella prefería llamarlos la Confirmación de los inocentes.

            Era así, porque en la parte baja de la receta decía que muchos murieron antes de poder comer y que la vida era mejor llevarla sin carne, todos debíamos ser vegetarianos hasta en los pensamientos, afirmaba Elodia.

            Cerca de Elodia estaba Eloísa Moreno de Maldonado quien nació un 21 de junio de 1926. Es dueña de su vieja Bodega llamada Las Cuatro Milpas. También es cuidadora de un antiguo pesebre el cual para instalarlo cada diciembre hace sacar todos los corotos de su sala para inundarla de santos, reliquias, pliegos de papeles de todos colores, musgos antiguos y las religiosas imágenes que le van dando vida a las viejas y mantenidas promesas las cuales con el tiempo juró por sus abuelos y luego por sus padres; seguramente ahora harán lo mismo sus hijos con sus nietos, bisnietos y seguramente ya casi pronto con los tataranietos.

            En medio de las angostas órbitas que dan hacia prolongadas curvas se llega hasta La Mucuy, y allí queda la casita de doña Eloísa. Ella permanece sentada saludando a quienes gritan su nombre y poco puede ver por la conspiración de las cataratas. Siente a sus amigos, cuenta historias de los meses vividos y de cómo estos casi se parecían unos a otros.

            Trabajó haciendo los tapiales montados sobre rocas cuando construía su casa. Recuerda los finos pisos —lozas adosados de tierra pisada— que apenas diariamente lograban levantar un suave polvito.

            Crió a todos sus hijos con el sacrificio de los duros años. Trabajó el campo mientras su esposo cosechaba y de vez en cuando venía a abrirle su bodega a un distraído visitante. Seguramente pedirían una libra de mantequilla batida, un cachimbo o unas taparitas de chimú.

            Reúne sus monedas para la compra de velitas. Todas estas luces ya están comprometidas, van destinadas a sus santos y a la imagen de san Gabriel Arcángel, quien, en una tarde cualquiera, después de hacer una siesta inusual, se le apareció; y suavemente con su dedo le enseñaba una estampita que no pudo distinguir.

            A veces la vida nos da todas sus horas, esto lo va afirmando mientras permanece sentada en su vieja silla de madera pulida. Los tablones brillan debido al movimiento de sus largos vestidos de colores con motivos floridos los cuales están encargados de despertar cada mañana a quienes aún permanecen en su casa. La paciencia es la forma de vivir de doña Eloísa.

            Luego su vecina de más abajo era Doña Juana la cual creó con sus talentos las recetas de los mejores pastelitos, chicha y del mondongo de cada domingo. Decía que este trabajo era poco, era hecho una vez a la semana y con el séptimo día sumados no sobrepasaban los cincuenta y dos días en un año.

            Desde la institución de su silla de madera y cueros duros, defendía a la quebrada Ña Liona; afirmaba que la gente se metía demasiado con ella y que esta se ponía furiosa de vez en cuando. Recordaba muy bien cuando este inocente río se salió de su ancho cauce y vino por el medio de la única carretera de La Mucuy.

            Para ese entonces ya existía el asfalto y el agua furiosa se metió por debajo hasta que lo hizo desprender completamente y aquel piso negro naufragaba como en un baile que fue capaz de destrozar todo a su paso.

            De aquello hubo casas que quedaron cubierticas de fina arena y minutos antes sus habitantes tuvieron que escaparse por un boquete que lograron abrir por aquellos vetustos techos, donde las tejas antiguas desaparecieron y las esperanzas por cuidar la quebrada volvieron a extinguirse, pues la gente ahora no le tiene miedo ni a las furias de los feroces ríos.

            Juanita sabía preparar el curruchete. Un prestigioso dulce elaborado con panela, queso del bueno y un pan tostadito, como los que repartió Jesús un día antes de una partida que aún estamos esperando, pues nunca se fue.

             Decía que los únicos escritos que quedarán grabados serán los de la piel. Por eso los curas en las iglesias repartían hostias, pues en esas migajas de pan iban los sacramentos con los cuales todo muchacho o muchachita recibía después de sus diez añitos, cuando la esperanza de un cristiano se sostenía con las oraciones y la fe.

            Por eso los últimos días de doña Juana fueron sobre sus buenas intenciones las cuales confeccionó durante décadas en las enseñanzas impartidas por sus historias, y lo mejor de los tiempos es aprendido en espacios que circulan en últimas arandelas de la vida, pues los engranajes de las ruedas perseguirán sus circuitos.

Desde la cuesta Los Sauces, donde está un eterno árbol, muy frondoso, ella recordaba una de sus grandes ramas la cual iba amarrada con alambres oxidados y una tablita guindada, podía leerse un nombre grabado: Tallas Las Muditas y con una flecha que sale por sus puntas apuntaba hacia un camino el cual los lleva a una casa inocente situada al fondo. Allí queda un hogar abierto, sin rejas, ventanas y puertas muy viejas, todas de madera de las cuales escurren manos y mantos de pinturas en aceites, dando la impresión que han colocado melcochas de colores, estas quedaron guindadas de unos veteranos tablones.

Son María Elodia quien nació en 1934, luego María Elda vio la luz del mundo en 1936 y María Edicta los sorprendió junto a sus padres y hermanas en 1956. María Alcira es su Madre, quien lleva más de cien años observándolas.

Siempre han sido muy esmeradas en sus trabajos, todas sus actividades las han considerado como suyas. Aprendieron las destrezas artesanales. Con pedazos de maderas secas y unos cuchillitos medio rombos van tarugando y sacando imágenes de santos.

Luego, todos estos santos son preparados y pintados de colores saltarines. Donde cada una de sus partes son lijadas, todas muy bien preparadas, sin detalles. Estas figuritas van acompañadas de cuadritos confeccionados en barro apelmazado, colocados a secar encima de una cocina eterna que ha visto leños encendidos.

El humo de estos ha creado una concha de hollín gigante; allí han quedado los sueños y las pasiones de cada una de ellas las cuales salieron desde humaredas que se hicieron sempiternas.

Afuera están las planticas que dan cientos de colores con sus florecitas silvestres, todas van cuidando su camino al hogar. En los rincones de los zaguanes descansan mesas y sillas melladas por sus usos. Llevan diseños antiguos y siguen muy duras en cada una de sus uniones. Los caminos que llegan hasta las muditas están llenos de tranquilidad, prudencia y esperanzas, todo su hogar es la casa del silencio, arropados por La Mucuy lisonjera. Apareció un caballo azul, solo muy pocos han logrado medio avistarlo…

 

Dr. Miguel A. Jaimes N.

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Septiembre del 2017

 

Bibliografía

 

 Jaimes, Miguel. (2013) La Mucuy mitos. Por Publicar.

——————   (2014) La Mucuy crónicas. Por publicar.